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Los vestigios más antiguos encontrados en nuestra comarca se remontan al Paleolítico Inferior y corresponden a restos hallados en cuevas del macizo del Montgrí. La época prehistórica se caracteriza por la ocupación de lugares elevados, como lo demuestran los poblados neolíticos de la Fonollera o Puig Mascaró, ya que en la llanura el delta del Ter formaba humedales, lagunas y zonas inundables. En el área de Les Gavarres y de L’Ardenya se conservan restos de una gran cantidad de dólmenes, menhires y diferentes sepulcros megalíticos que han perdurado desde la Edad del Bronce.
 La civilización mejor conocida es la de los íberos, que a partir del siglo VIII a. C. se desarrolló en parte de la península Ibérica. La tribu o pueblo que habitaba nuestras tierras era la de los indiketes. De los vestigios arqueológicos hallados hasta el momento cabe destacar, por sus impresionantes murallas, su extensión y los hallazgos realizados, la ciudad ibérica de Ullastret. Esta civilización quedó profundamente marcada en el siglo VI a. C. por la llegada de los griegos, que fundaron la ciudad de Empúries. La función comercial de este establecimiento provocó una intensificación de los cultivos por parte de los íberos y la adopción de elementos culturales de los focenses. Muy diferente fue el contacto con los romanos, a finales del siglo III a. C. La llegada de sus tropas significó, a largo plazo, un auténtico cambio en todos los sentidos, y los íberos quedaron totalmente absorbidos en la red administrativa, económica y social del Imperio romano. Los poblados elevados de los indiketes fueron desapareciendo y se impuso un nuevo sistema de explotación del campo por medio de villas, grandes edificios dedicados a la explotación del territorio a costa de mano de obra esclava. En nuestras tierras encontramos diversos testimonios de estas edificaciones: la villa de Pla de Palol, en Platja d’Aro, la de Vilarenys en Vall-llobrega...
 La crisis y la caída del Imperio romano provocó el desmembramiento de toda la red creada para su administración. La zona sufrió las invasiones y los ataques de los llamados bárbaros. En el siglo VI fue conquistada por los visigodos, que dejaron escasa huella en nuestras tierras y fueron sustituidos en el siglo VIII por los árabes. Pero el rey carolingio Carlomagno frenó el avance musulmán, y el Baix Empordà pasó a formar parte de una tierra de nadie destinada a contener los ataques de los dos bandos y bautizada como Marca Hispánica. El territorio se dividió en una serie de condados dominados por un señor feudal que debía jurar fidelidad al rey franco. En el siglo XI a. C., estos señores ya no juraban fidelidad a nadie. Gran parte del territorio del actual Baix Empordà formaba parte del condado de Empúries; su historia nos habla de una serie de señores muy belicosos cuyos actos supusieron grandes sufrimientos para sus súbditos.
 La época medieval fue especialmente intensa en lo que se refiere a guerras, conquistas y hechos. El conde de Barcelona se alzó sobre los demás y pasó a ser rey; el resto de señores feudales, como el nuestro, le juraron fidelidad como vasallos. Con él y con el conde de Empúries, muchos hombres del Empordà partieron a la conquista de Mallorca (repoblada con ampurdaneses de la costa) y Valencia, y se lanzaron a la aventura del Mediterráneo, que les llevó a conquistar Cerdeña, Sicilia, Nápoles e incluso Atenas y Neopatria.
Pero el día a día del pueblo era muy duro: las numerosas exacciones a que tenían derecho los señores, las pestes y epidemias, que provocaban grandes mortandades en la población, los ataques de los corsarios y piratas, que desde el siglo XI no pararon de amenazar nuestras costas, y las inundaciones y los fenómenos atmosféricos les hacían la vida realmente muy difícil.
En 1486, el rey catalán dictó la Sentencia Arbitral de Guadalupe, que anulaba los malos usos y que significó, simbólicamente, el fin del feudalismo. A pesar de todo, en el campo se mantenía el descontento, que desembocó en una serie de guerras a finales del siglo XV.
En el siglo XVI, los campesinos propietarios de tierras experimentaron una cierta recuperación económica, se incrementó el número de masías y se produjo un cierto aumento de la población. Pero los payeses pobres y sin tierras así como unos cuantos nobles rurales que habían quedado desfavorecidos estaban descontentos con su situación. Algunos hombres se alzaron en protesta, realizando ataques y robos por su cuenta: se trataba de los denominados bandoleros. En nuestra tierra hubo dos bandas especialmente famosas: la del señor de Vulpellac y la del señor de Castell d’Empordà y Sant Feliu de la Garriga.
El siglo XVII fue un período lamentablemente muy intenso en desgracias (llegada de nuevas pestes, la Guerra de los Segadores, plagas...), que provocaron un descenso de población compensado parcialmente por la llegada de emigración occitana huida de las guerras de religión francesas. Los conflictos armados habían comportado la presencia de ejércitos que representaban una carga para el pueblo, que bastante tenía con intentar sobrevivir en su día a día. En 1689 se produjo la invasión francesa del mariscal Noailles, y entre los años 1702 y 1714, la Guerra de Sucesión española, que finalizó con la pérdida de libertades catalanas por el Decreto de Nueva Planta. El Baix Empordà pasó a formar parte del corregimiento de Girona.
En el siglo XVIII, un cierto paréntesis de tranquilidad propició la recuperación de la economía. La autorización del comercio con América a los catalanes y la progresiva desaparición de los piratas facilitó la construcción de grandes masías en el campo (tras la desecación de lagunas y canales para el regadío), la reactivación de los menestrales en las villas y, como consecuencia, de los mercados, y el desarrollo de las poblaciones litorales, que se convirtieron en puertos de salida de los productos locales hacia América.
Pero a finales el siglo XVIII estalló la Guerra de la Convención, que precedió a la invasión francesa de Napoleón en la tristemente famosa Guerra de la Independencia española (1808-1814).
A mediados del siglo XIX se vuelve a apreciar una reactivación económica y cultural. Republicanos, demócratas, nacionalistas, liberales, asociaciones recreativas y culturales... fueron los protagonistas de la denominada Renaixença, o Renacimiento catalán, que en el Empordà también se dejó notar con fuerza. En algunas industrias, como la del corcho, aparecieron los primeros sindicatos de la comarca y, en general, se produjo una gran activación de la vida política.
Sin embargo, este buen momento se truncó en el último cuarto del siglo XIX con la llegada de la filoxera, que afectó a la mayoría de las viñas ampurdanesas. La plaga produjo en nuestra tierra un desastre económico y social que desencadenó una de las grandes oleadas de emigración de catalanes a América. De estos emigrantes, algunos volvieron a sus lugares de origen a principios del siglo XX: eran los denominados popularmente indianos o americanos. A principios del nuevo siglo también la industria del corcho se vio afectada por una crisis que la condujo a perder competitividad en los mercados, al igual que le ocurrió al sector del coral, que entró en competencia con el potente mercado italiano. En España, a pesar de no verse afectada por la primera Guerra Mundial e incluso sacar cierto provecho de ella, la pérdida de las colonias, la falta de reactivación económica y las fuertes discrepancias políticas y sociales desembocaron en la Guerra Civil (1936-1939), que acabó con la subida al poder del dictador Francisco Franco. El Baix Empordà sufrió, como la mayoría de comarcas, los desastres de la guerra y la gran emigración republicana, principalmente a Francia.
La dictadura mantuvo el país en la miseria hasta mediados del siglo XX, momento en que se implantaron una serie de medidas que provocaron el inicio de una incipiente recuperación económica. A partir de los años cincuenta se produjo la llegada del turismo, y la Costa Brava se aprovechó de la entrada de divisas extranjeras, lo que propició una reactivación económica evidente aún en la actualidad. Como siempre, el peor parado fue el medio natural, debido a la construcción desmesurada consecuencia de la falta de planes urbanísticos coherentes y que estropeó lugares muy bellos del litoral. Por suerte, parece que entre todos, y con la llegada de la estabilidad política, se ha conseguido frenar esta tendencia, y aún es posible disfrutar de numerosos lugares hermosos y auténticos.

 


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